1-En la Botica del pasado

Viaje a travez del tiempo

Fue una extraña llamada esa del domingo por la mañana, dándome cita en una dirección de un barrio que conocía poco. Debía llegar a mediodía en punto , cosa que me preocupaba ya que no tenía una buena maestría de los transportes colectivos.

Pero llegué, y no encontré el N° al cual se me citaba. Di vueltas por el barrio, traté de llamar por teléfono a quién me había llamado, sin éxito.

En esos días yo había vuelto a mi país después de una larga estadía en el extranjero. Los últimos años fueron difíciles y en ese decenio le había dado la espalda a mi pasado. Volver fue una tentativa de unir mi pasado con mi presente. Dejar el pasado detrás es algo que podría parecer lógico para muchos, vivir el presente sin pensar en el pasado, pero ¿acaso no somos esa acumulación de experiencias pasadas, condimentadas por los sueños del futuro ? ¿Qué es el presente sino la intersección del pasado con el futuro ? Y, de todos modos soy porteño y cómo tal profundamente nostálgico.
Quería irme, pero una fuerza irresistible me retenía frente a un portón, sin número que más o menos correspondia a la dirección a la cual se me había citado. El portón, mezcla de entrada a la caverna de Ali Babá y pórtico del tiempo, se abrió como si se me estuviese esperando, permitiéndome , yo diría que invitándome a entrar. Una hélice en madera de tres palas se encontraba sobre una pared como esperando que un biplano se acople a ella. Ahora que lo pienso, nadie parece haberme abierto la puerta. ¿Habré entrado simplemente porque la puerta se abrió sin haber sido invitado a hacerlo? Volví hacia la entrada, el portón estaba cerrado. Pensándolo bien, creo haber oído pasos, y ¿acaso no oí un ruido como de papel que se arruga o de papel que frota? ¿Y ese volante? ¿De qué será; un volante de 4 brazos? Una especie de manómetro o qué se yo, un exímetro estaba allí sin tener nada que medir.¿Estaría allí para medir la presión del tiempo? Ese tiempo que ejerce presión sobre nosotros, la tapa de esa cacerola que quisiéramos ver volar en pedazos para recordar el pasado y al mismo tiempo escapar de él... Mi mirada pasaba de un objeto a otro, viajando con ellos a otra época. Esta casa parecía guardar recuerdos de muchos pasados diferentes. Unos triciclos de niños, bastante antiguos, anteriores a la época mía colgaban del techo. En el patio había una señal de ferrocarril, una zorra, vías de tren y una locomotora. Hasta un anden y el Jefe de estación. ¿Y los changadores? ¿Los pasajeros y sus valijas?Seguí caminando por este extraño lugar, y en una pieza me encontré con un Overland. Había un banco de trabajo, algunas piezas de auto viejos: un radiador, una bocina antigua, estanterías con herramientas y objetos raros. Detrás había un afiche que me llamó la atención. Me acerqué para verlo; era un afiche de un Chevrolet de los años cuarenta. De 1940 decía la austera publicidad.Y mi mente seguía divagando por el tiempo, una placa de inmatriculación de 1910 estaba clavada contra una pared.Acaso era la placa del Chevrolet del afiche? Fuerzo mi vista pero en la tenue luz no veo nada. No es posible, un automóvil de 1940 no puede tener una chapa de 1910. Al darme vuelta para seguir explorando ese mundo extraño, tengo la sensación de que algo se movió en el afiche. Me vuelvo para mirar, y me parece que el personaje tiembla. Pero no, me estoy dejando impresionar, y hago un esfuerzo para no oír nuevamente el remoto silbato del tren. Salgo de esa habitación, y oigo otra vez ese ruido de papel. Me doy vuelta bruscamente y veo que el afiche del Chevrolet está como temblando. Me acerco, trato de ver el N° de inmatriculación; parecería ser el mismo de la chapa clavada en la pared pero no tengo la certeza. Extraño. Quito ese taller, y justo al lado veo un magnífico automóvil azul: un Chevrolet convertible 1940l, ¡igualito al del afiche! ¡Qué bonito! Estaba en muy buen estado, con la capota baja como si estuviese listo para salir. Un modelo raro, ya que es la Guerra y se fabricaron pocas unidades, y menos aún se exportaron para Argentina. Un neumático parecía desinflado. Uno diría que el coche estaba en uso, y otra contradicción del lugar, los neumáticos desinflados como si estuviese abandonado. Una escalera. Subo, un ambiente lleno de objetos. En bronce bien lustrado instrumentos de navegación. Objetos relativos a todo tipo de transportes de otrora, un sitio para viajar en el pasado. Una cabeza de ciervo desentona. En ese extraño lugar, todo parece posible. El lugar me fascina, tengo ganas de explorarlo, aunque al mismo tiempo siento una especie de angustia. Me parece oír a lo lejos nuevamente el silbato del tren y como si la locomotora estuviese entrando en la estación. Trato de no hacer caso, no dejar que la imaginación me supere. Entro en una pieza llena de objetos de lo más diversos. Cuesta encontrar el hilo que los une. Objetos de antaño, recuerdos... el pasado que se mezcla, con todos sus anacronismos. Otro manómetro, este parece ser el de una estación de servicio. Es muy bonito, rojo con decoraciones cromadas. ¿Funcionará? Air dice. Es increíble lo que la imaginación puede. Al mirar al manómetro me parece oír el ruido de un compresor que se pone en marcha. Por su aspecto debe ser de los años cincuenta, quizás anterior, pero no tiene agujas sino números al modo de los instrumentos digitales de nuestros días. Ahora que pongo atención en los números, creí que habían dos ceros, pero no, es 35. Sé que no pudo haber cambiado, sin embargo... 35 libras por pulgada, la presión corriente de los neumáticos 650x16 de los coches de los fines del treinta hasta no se cuando. Ahora la presión se mide en kg/cm3, el andar es más cómodo. Oigo el portón que se abre y me apresuro a bajar. Quedé petrificado. El portón estaba abierto, el hombre del afiche entraba. No me podía mover de lo alto de la escalera, lo veo avanzar, dar una vuelta alrededor del Chevrolet, mirándolo. Un hombre de papel, que abre la puerta del coche y se instala. Lo veo moverse un poco como buscando las llaves del coche, oigo el motor de arranque e
instanáneamente el motor cobra vida y el coche empieza a retroceder. Trato de no pensar más simplemente de dejarme llevar, dejarme llevar en ese convertible por las calles y autopistas de un Buenos Aires de principios del siglo XXI.

Por un problema técnico, que por el momento no puedo resolver, no logro tener el sonido en este video.

Mis agradecimientos a Pablo Justo y Jorge Teisaire por haberme hecho vivir esta experiencia.

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